domingo, 13 de noviembre de 2016

A Europa en AeroFlot

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La Mary, una mujer de cuatro décadas, que convivía con su madre y su abuela, ejercía una profesión que le permitía gozar de autonomía laboral, pero nunca había ido más lejos que el pueblo balneario de Santa Teresita, en la costa atlántica de Buenos Aires, a 200 km de su casa, en ómnibus. 
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En la Semana Santa del ’95, conoció a un argentino radicado en Berlín, quien la invitó a conocer aquella ciudad germana. La Mary estaba muy entusiasmada con el maduro chaval, pero no se animaba a emprender semejante viaje, hasta que sus compañeras de trabajo lograron convencerla.
Un primo, quien regenteaba una agencia de turismo, le vendió los pasajes por Aeroflot, por ser más baratos. A días de su partida, temerosa ante su primer vuelo, ella aun dudaba sobre la decisión tomada. En la misma época, en la TV proyectaban, con repetición en varios horarios, el film “Viven” sobre el accidente aéreo sufrido por los jugadores de rugby uruguayos, en los Andes argentinos, al regresar de Chile, en 1972. Por tal razón, le sugerimos que no encendiera el televisor, a la vez que mi esposo le aconsejaba que eligiera su asiento en la cola del avión, por ser eventualmente la zona más segura, ya que las naves al caer lo hacen primero con el fuselaje!
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Finalmente, llegó la Navidad y la Mary se elevó en el aire, en el aeropuerto de Ezeiza, con la más insegura de las líneas aéreas, hacia Moscú! Después de atravesar turbulencias y tolerar cimbronazos, abrochada a su cinturón, arribó a la capital rusa que la esperaba con veinte grados bajo cero y sin nadie que la fuera a buscar, por lo que se acopló a otro grupo de argentinos transportados, en una camioneta, hasta sus hospedajes. Por suerte, mi amiga sabía el nombre de su hotel, donde permanecería durante tres días antes de embarcar otro vuelo hacia Berlín. Pero, el idioma comenzó a ser un obstáculo esencial, cuando una regordeta rusa se negó a venderle leche, que la Mary tomó en un momento de distracción mientras le arrojaba monedas en forma de pago y salía corriendo ante los gritos de la nórdica, que seguramente no expresaba palabras cordiales. A pesar del frío siberiano, la argentina no se rindió al tedio y osó salir a caminar con el objeto de conocer la Plaza Roja blanqueada por la nieve que la cubría y de la que emergían las torres y las cúpulas del Kremlin cual estalagmitas. La estadía moscovita acabó, afortunadamente, antes de que se congelara en aquel país decadente después de la reciente caída del Soviet.
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Otra nave de Aeroflot la acarreó hasta la capital alemana, donde la esperaba su compatriota, quien ya convivía, por entonces, con otra joven teutona, pretendiendo compartir su pequeño apartamento con las dos. La Mary no entendía una palabra de lo que se decían entre ellos, pero el tono de voz de la otra mujer permitía suponer que no estaba conforme con la recién llegada, y, tras juntar sus pertenencias, se marchó con un portazo, varios días después.
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Al final, ella no se sintió a gusto con el hombre y anticipó su viaje a Venecia, con tren desde Munich, donde su fraudulento anfitrión la dejó sola a las diez de la noche, siendo que debía tomar el tren de las 23:55 horas. Durante la espera, la Mary permaneció en el salón de la estación sujetando con fuerza su bolso por miedo a los arrebatos furtivos. Ni bien se detuvo un tren en el andén, ella se acercó y subió, aunque faltaba una hora para la partida. Se acomodó en el vagón y el asiento indicados en su boleto, y se sorprendió gratamente cuando se echó a andar a pesar de que recién eran las 23 horas. Pensó que realmente eran tan exactos que adelantaban sus horarios. Sin mebargo, le llamó la atención que no hubieran más pasajeros, hasta que el tren se detuvo y las luces se apagaron una vez llegado a un gran hangar! Para cuando comprobó que ya no se movería de allí, comenzó a recorrer los vagones buscando la salida en vano. Suspendido a gran altura, sólo le permitía ver a un grupo de operarios cenando abajo, que no pudieron oír sus exasperados alaridos ni sus golpes en las ventanillas, hasta transcurrido un rato. Cuando oyeron el ruido y localizaron su origen, fueron a rescatarla, aunque de todos modos no lograban comprenderla, por lo que ella reclamaba hablar con alguien que dominara italiano o español. Así que trajeron un intérprete. Para cuando pudo comunicar al hombre lo ocurrido, la cargaron a una camioneta con el objeto de devolverla a la estación, a la que llegaron mientras veían alejarse su tren.
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Esto motivó que la Mary debiera transformarse, inevitablemente, en una compañera de los homeless habituales del lugar, hasta las cinco de la mañana en que pudiera marcharse hacia el Véneto. A la medianoche, por norma, el salón principal se cerraba, por lo cual fue desalojada hacia el andén donde se instaló en un banco, sujetando su bolso de mano y apoyando sus piernas sobre el resto del equipaje, abrigada con su saco de piel, hasta que, somnolienta, escuchó un chasquido metálico, que identificó como un cuchillo caído de las manos de un indigente alcoholizado, quien intentaba trinchar un salame. 
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Tomó sus bolsos y huyó en búsqueda de un policía a quien, con lengua de señas, se desesperaba por advertirle de la peligrosidad de aquel individuo. La Mary gesticuló con sus manos, acompañándolas con sonidos guturales, intentando que entendiera que había un hombre que ejecutaba cortes sobre algún elemento comestible para introducirlo en su boca. Cuando el oficial comprendió su mensaje, al comprobar lo certero del mismo, retiró al hombre del lugar.
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Felizmente, antes del amanecer, la Mary logró emprender su viaje hasta la ciudad de los canales, donde compartió las excursiones con dos argentinas, pero de todos modos decidió regresar a la brevedad al hogar materno, al barrio donde todos hablaban su mismo idioma.
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