martes, 28 de diciembre de 2010

domingo, 26 de diciembre de 2010

ELBA: VIAGGIO AL PAESE DEL MIO BABBO

Mi Papá siempre decía que cuando fuera grande iba a saber valorar todo aquello que él me enseñaba, y yo en mi niñez y juventud subestimaba hasta esta profecía que con el correr de los años se fue cumpliendo inexorablemente. Entre las profecías cumplidas la de la Isla d'Elba (la tierra donde él nació) fue una de las primeras: "Si alguna vez vas all'Elba vas a ver que es el lugar más lindo de la Tierra, pensar que cuando uno crece y vive ahí no se da cuenta". Y así a mis 22 años comprobé la veracidad de sus dichos, y me enamoré....de la Isla d'Elba.





No sólo porque ahí vivía mi familia directa: mis tíos Umbertino, Pasqualino y Benito Martorella, tío Lido Spinetti y mi tía Gina, mis tías Pinas, Franca y Mirella, y ocho de mis 10 primos y sus familias, sino porque el italiano suena más lindo "campese" con esas ocurrencias pueblerinas para pintar una situación o a un personaje sin faltas de respeto. Ya encontrarme con mi primo Piero, escondido entre la gente en el aeropuerto de Milano después de haber saludado a otra viajera con la que me confundió porque creía que yo era alta como toda la familia, fue una sensación que aún no logro describir con palabras: ¿qué hace que uno reconozca al Otro como si siempre lo hubiera conocido, si bien nunca dejó de nombrarlo mi papá como el sobrino más chico que había dejado en la Isla en 1949?




Y después de tantos años de no hablarlo, por elección propia para que no se burlaran en la escuela, me encuentro hablando el italiano con ellos como si hubiera nacido allí y no sólo hubiera aprendido algunos vocablos con mis nonnos Aristide y María y mi papá y mi tío Benito. Ni que hablar del reencuentro (después que se volvieran a Italia en 1963) con tío Benito y Claudio en Génova, lugar del trasbordo de familia: Piero me dejó allí con ellos después de haber permanecido 3 días en la Svizzera en Grono donde también residen mi primo Mario y su familia.



Y así con Claudio de 18 años, argentino nativo e italiano por adopción desde los 3 años de vida, empezó el viaje bordeando el Tirreno invernal hacia la maravillosa Isla. Con ellos podía hablar argentino y descubrí el "compartimento" de los trenes europeos. Y como era invierno, el mar estaba embravecido cuando subimos al aliscafo en Piombino, y no dejó de balancearse toda la hora que duró el viaje hasta atracar en la bellísima península Portoferraio, capital de la isla. Allí habían dejado el auto estacionado para, recorriendo aquellos caminos que yacían en la impronta de mi memoria a partir de los relatos paternos de sus andanzas en bicicleta, llevarme, un poco en camino de cornisa y un poco en el llano, mientras se encendían como lentejuelas en las laderas los pueblitos, al encuentro de toda la familia Martorella!



Primera escala en Marina di Campo en Via Roma para conocer a mi prima María Rosa, la mentora de aquella travesía, y su marido, cantor familiar "della bella voce" Domenico Canata y sus dos hijos. Pero faltaba aún la emoción más fuerte e inimaginable!: abrir la puerta de la casa de tío Benito en San Piero, arriba en la montaña, pueblo cercano al Monte Perone. Allí se convocaba toda la familia, besos y abrazos entre gritos y preguntas, hasta que una voz me arrancó todas la lágrimas guardadas desde hacía tantos años: mi tía Gina hablaba igual y tenía la misma mirada que mi nonna María a la que no llegué a reencontrar después que zarpara del puerto de Buenos Aires en diciembre de 1963 hacia su isla de la que partiera definitivamente cuando yo recién tenía 17 años. Cuando lograron consolarme, empezó el gran desafío del "mangiare", comenzaron las infaltables rivalidades familiares por almuerzos y cenas, y visitas a los diferentes lugares y paisajes de la Isla, y ni que hablar de la lista que me había encargado mi papá!: todos los lugares a los que él había llegado con las cabras arriba en la montaña o con su bicicleta en su juventud y cuando trabajaba en las minas de hierro de Portoferraio durante la Guerra.









A la Grottaccia le sacamos foto de lejos con mi tío Umbertino porque estaba toda embarrada la hondonada del camino para llegar y había un tractor varado que obstaculizaba el paso. Con mi prima Adriana nos unió desde el principio un afecto fraternal, quizás por tener la misma edad. Descubrí cuan importante es la comunicación: mi italiano no era tan completo y a veces la memoria me engañaba y como a buen argentino las palabras castellanas las italianizamos con naturalidad, así que inventé una nueva especie animal: la "becca" que sería la hembra del becco, que en italiano vero sería la "capra"; y que lío se armó cuando mi mamá les mandó una postal de Mar del Plata con el "Casino" nocturno todo iluminado!! Mi tío Umbertino me miró serio pero no dijo nada; con reserva mi primo Luigi se animó a preguntar varios días después que yo les mostrara orgullosa la postal a toda la familia y habitantes del pueblo, y ahí suspiró de alivio: "Ah! Casinó!", y me explicó que en Italia un "casino" era un lugar non santo.





Y hablando de casino, me viene a la memoria el día que fui con mis primos más chicos, Claudio y Walter, a jugar a la tómbola al Club "Luigi Martorella" (en honor al primo hermano de mi papá que fue derribado en su avión durante la 2º guerra) donde Walter me miraba el cartón para controlar que marcara bien los números, y al final nos ganamos un panettone y un espumante que nos tocó una gota a cada uno de todos los que estábamos en esa mesa.







También tuve la suerte de conocer a dos tías abuelas: la tía María Martorella de 91 años que aún esperaba a que su único hijo Luigi volviera de la guerra, y a quien mis tías le llevaban la comida todos los días debido a su deterioro mental; y la tía Filomena María Montauti (hermana de mi nonna María Filomena) sentada a un lado del hogar encendido y al otro su marido, el tío Andrea, como los abuelos de los relojes cucú. Nada más gracioso que las tías rezongando porque los chicos del pueblo les habían llevado sus macetas hasta Facciatoia (el mirador) y tenían que ir a buscarlas hasta allá a la hora del crepúsculo, y verlas regresar con las macetas en los brazos mientras "brontolaban" algunas "parolaccias"! Me encantó la costumbre.







En esa mi primera visita a la Isla d'Elba, conocí varios de sus pueblos: Poggio, un pueblo alto en la montaña, el único con dos iglesias, y con escalones de piedra en lugar de calles, donde naciera mi papá en 1925 antes de mudarse a San Piero; Capoliveri, origen de nuestro apellido en la isla; Porto Azzurro (antes Porto Lungone) con sus restaurantes flotantes y la colina a sus espaldas; Procchio donde Michele, el esposo de Adriana, tenía su "autofficina"; Sant'Ilario, hermano casi gemelo de San Piero al otro lado del puente camino al Monte Perone; Cavoli; Fetobaia; San Giovanni y la Torre desde donde se aprecia la panorámica de todo el Golfo di Marina di Campo hasta el Perone detrás; l'Enfola; Lacona; La Foce desde donde se aprecia Marina di Campo nocturna reflejada en el espejo del golfo; y Secchetto. Y como me quedaban pendientes el Monte Capanne y los pueblos del otro lado de la Isla, 14 años después regresé con mi marido y mi madrina. Pero eso será para otro capítulo de la bitácora de viajes.


Ahora, volviendo a mi primer contacto, le llegó el turno al final: la Última Cena en casa de tío Umbertino. Como invitada de honor me dieron a elegir el menú, así que mis últimos deseos fueron "funghí" caseros "sott'olio" y dátiles!!! A la mañana siguiente la despedida fue parcial porque con mi prima María Rosa partimos en la nave hasta Piombino y desde allí en tren hasta Roma donde pasé 3 días conociendo algunos lugares impostergables: el Coliseo, el Foro Romano, el Altar de la Patria, el Vaticano, Vía Veneto y la Nomentana; el Eur; el Tiber y Castel Gandolfo, aunque ninguno se comparaba con la belleza de la que desde entonces es "mi Isola d'Elba"!